Una historia para reflexionar: la partida que el diablo perdió en Montmartre

Por Carlos Duclos (Candi)

*Era rico, muy rico, pero amaba a los pobres. Los amaba, claro, con ese amor que no necesita explicarse.
Caminaba por la vida rodeado siempre de amigos y parientes que lo querían bien. Los otros, esos vínculos que determinan las riquezas, no se le acercaban porque sabían que su instinto animal era capaz de leer el aura maculada por el interés. Pero a pesar de esa buena compañía, compartía el gran caudal de perlas amargas vertidas por tantas criaturas ahogadas por la soledad.
*Inteligente, instruido en La Sorbona, admiraba a las personas simples, inocentes, buenas, en quienes veía la plena realización humana. Tal vez por eso amaba también, con pasión espiritual, a los animales.
¡Oh!, pecador como ninguno, amaba a Dios con un frenesí más propio y más genuino que el de los monjes cartujanos. Decía siempre que sabía que su destino era el infierno, y en las tardes de brandy junto con sus amigos, atrevido y desenfadado, desafiaba al diablo expresando enfático que, no obstante las manchas de su alma que lo llevarían al fuego eterno, se iría cantándole al Ángel de la Muerte el salmo testimonial hecho melodía: “El Señor es mi pastor…”
*Un atardecer de invierno, de lluvia y frío parisino, sentado en un famoso café de Montmartre, al que jamás volví, llevó las manos a su pecho y nos pidió a Jean Antoine y a mí, casi con desesperación y zozobra: “¡Llamen a Merli, llamen rápido a Merli y a Juliette y digan que ya vienen por mí!”
La niña llegó acompañada de su madre tan rápidamente, que cualquiera hubiese pensado que aquel era un código cifrado que entrañaba un mensaje conocido solo por ellos. Curiosamente (o no) se apoderó de Montmartre una oscuridad profunda, un silencio abismal. La pequeña miró al hombre a sus ojos.

*Él sonrió y ella le acompañó con su sonrisa. Una luz, perceptible solo para escogidos, se hizo puente entre esas miradas puras y perfectas.
Al rato, las campanas del Sacre Coeur enviaron ondas de dulces sonidos que se esparcieron por todo el romántico barrio parisino, mientras Juliette cerraba los ojos de nuestro amigo.
*Unas voces (si es que a aquel sonido extraordinario pudo habérseles llamado voces) atravesaron el espacio con una melodía que decía: “Le Seigneur est mon berger… (El Señor es mi pastor…)
Merli miró hacia el cielo y sonrió. «El abu canta y sube con las luces », dijo.

*Entonces Jean Antoine y yo supimos que en ese crepúsculo de Montmartre el diablo había perdido la partida.

 

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