Buscando la felicidad – Charlas de Candi

-Mi buen amigo Candi, quiero ser feliz ¡Completamente feliz. Es hora de vivir con plenitud!
-Me parece estupendo.
-Saldré de parranda, tomaré los mejores vinos, compraré las mejores ropas, cenaré manjares, cantaré, bailaré, me dedicaré a amasar una gran fortuna y…
-¡Ajá! ¿Y con eso cree usted que alcanzará la felicidad?
-Pues, claro.
-¡Ah, Inocencio, que disparate dice! Una noche de copas, chicas y manjares y 24 horas de resaca. No es eso la felicidad
-¡Pero qué dice hombre! ¿Hay otro modo? ¿Acaso se viene con la moralina que objeta esos placeres?
-De ninguna manera. Solo le digo que con ello no se alcanza la felicidad. La felicidad, amigo mío, está más abajo, escondida en la profundidad de las cosas, no en la superficie. Le diré lo que pienso: Usted confunde felicidad con placer, con goce; pero el placer es una parte chiquita de la felicidad, una parte eventual, pasajera. La felicidad es mucho más que el placer, la felicidad es, como lo define el diccionario de la Real Academia, un estado de grata satisfacción espiritual y física. Y es mucho más también. Yo diría que la felicidad es un estado de calma de las emociones que se alcanza en toda circunstancia de la vida. Calma y gratitud en la prosperidad y calma esperanzada en la adversidad. Es la calma prudente que nos recuerda que “todo tiene su tiempo bajo el sol”. El budismo, Inocencio, sostiene que el sufrimiento existe y que el apego a todas las cosas es la causa del sufrimiento. El sabio Buda dice que el sufrimiento puede ser vencido y que el camino que lleva al cese del sufrimiento es el noble óctuple sendero. Y el principio de este sendero, lo resumo, es el bien para uno mismo, para los demás, para toda la creación. Y como todo en el universo se rige inexorablemente por la ley de causa y efecto, por la acción y la reacción, gran parte del sufrimiento se puede atenuar por nuestros pensamientos, palabras y acciones.
-No parece. Veo a ciertos personajes maléficos…
-No todo es lo que parece ser. Mire, Inocencio, un sabio comprende que la felicidad se logra cuando hay agradecimiento y prudente disfrute en los momentos buenos, y esperanza y menguada congoja en los momentos malos. En los momentos de angustia, la verdadera felicidad no muere, sino que espera su momento, realiza el duelo, pero no se entrega por la certeza que provee la esperanza y la ley del universo que dice: “todo pasa”. La calma del corazón es la felicidad del sabio. Aprenda usted del comportamiento de la naturaleza ¿Acaso ve animales buscando la felicidad en aquello que no se ajusta a sus necesidades? No, el animal en estado salvaje sale a alimentarse, logrado el propósito se echa junto a los suyos y contempla la vida en calma, juega sin enloquecer, muestra su afecto por el otro de su especie de diversas maneras y allí encuentra la felicidad, en la paz interior. Y no crea usted lo que dicen ciertos ignorantes sobre que los animales no sienten, que no tienen emociones.
-Ah, la paz interior.
-¿Tiene usted animales domésticos?
-Claro, mis mejores amigos.
-¿Qué necesitan ellos para ser felices? Que usted los alimente y que les haga una caricia. Desean sentirse acompañados, queridos. Con esa paz les basta para sentirse plenos. Y cuando se sienten mal se echan a esperar, sin desesperar, a que el malestar pase. Y si reciben una caricia, la alegría aparece a pesar de todo. Mueve la cola y enternece su mirada el perro dolorido cuyo amo pasa la mano suavemente por sobre su cabeza.
-Eso es cierto.
-El ser humano, Inocencio, ávido de poder, de riquezas innecesarias, ha producido en este planeta efectos devastadores que aniquilan la verdadera felicidad que es la paz vital. De modo que salga usted de parranda, beba los mejores vinos, coma los más deliciosos manjares, tenga las mejores mansiones y autos, amase fortunas. No está mal, claro; solo que eso no llenará su vacío y pronto estaremos hablando nuevamente de la felicidad y cómo obtenerla. Escuché cierta vez decir a una persona: “Hoy no tengo dolores, veo el sol, puedo elevar una oración de agradecimiento a la vida, a Dios. Hoy soy feliz”. Podríamos también decir, amigo mío, que la ausencia de dolor es el principio de la felicidad.

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