CHARLA DE CANDI E INOCENCIO: Amar al yo

Amar al yo, protegerlo,
alimentarlo para la verdadera vida

Hace un año, lo recuerdo bien, en un atardecer, escribí Inocencio algo sobre el “yo” y la necesidad de cuidarlo. En aquella ocasión, decidí abordar el tema luego de una charla con un filántropo en la que intercambiamos ideas sobre el “dar”. Mi escrito estuvo basado en algunos conceptos de esa charla y quiero recordarlo.
-Lo escucho.
-“Cada uno de nosotros puede, voluntaria y generosamente, dar a los demás de aquello que tiene, sea de orden material, intelectual o espiritual. Incluso podemos ofrecer y conceder hasta la propia vida si fuera necesario, en aras de la vida de otro ser. Lo que no podemos, es permitir que otra persona o cualquier circunstancia, sea cual fuere esa persona o el suceso vital, nos arrebaten por la fuerza física o moral nuestra integridad y el derecho a “vivir”. Y vivir implica paz interior y la paz interior se alcanza cuando las necesidades de orden material, afectivas y espirituales son obtenidas. Si el ser humano carece de una relativa calma, sólo permanece, existe, pero no vive. Para ciertas personas que creemos en la trascendencia, el derecho a proteger la propia integridad (física, espiritual, mental) deja de ser derecho para convertirse en una obligación en ciertas ocasiones. Y esto es así, por cuanto Dios, o el Orden Superior, nos exhorta a “vivir”, que como dije no es lo mismo que existir. Vivir para nosotros primero, para luego poder vivir para los demás. Nadie que no se respete a sí mismo, que no se ame a sí mismo, que no se cuide a sí mismo, podrá respetar, amar y cuidar a los otros. Quien no vive en cierta medida justa para sí y no se resguarda, no se defiende de los injustos y de las circunstancias adversas, habrá traicionado el sagrado aliento de la vida. Nadie tiene derecho a herir o aniquilar el “yo”, ni siquiera, amigo mío, esa parte inferior del propio “yo” que en ocasiones se resigna o se entrega. Tenemos la obligación de proteger a ese “yo” absoluto y sublime que es reflejo de la divinidad por cuanto es su obra. Y es así, porque a ese “yo” hay seres que lo necesitan, como lo necesita Dios, como se necesita a sí mismo”.
-¿Podría añadir dos cosas Candi?
-Claro.
-El primer mandamiento dado por Dios a la humanidad es el siguiente: “Amarás a Dios con todas tus fuerzas, con todo tu corazón, con toda tu alma y a tu prójimo COMO A TI MISMO”. Vea usted que he recalcado en mayúscula lo que dice el primer y gran pedido de Dios al hombre. Y lo segundo que quiero añadir son esas palabras maravillosas de Pedro al mendigo que pedía: “De lo que YO TENGO te doy”, y lo sanó. He destacado también en mayúsculas lo que dijo el apóstol respecto de su posesión, de lo que tenía y de lo que dió. Y ahora mi breve comentario: para dar algo (lo que sea) hay que tenerlo, para tenerlo hay que amar al yo, respetarlo, protegerlo, alimentarlo, impedir que malignos le saquen todo aquello que le significa la VIDA. Para dar una oración, una palabra de aliento, amor, dinero, lo que sea, a otro que está necesitado, el yo debe poseerlo. Y, además, y como bien usted dijo, la primera posesión indispensable es la paz interior, sin la cual nada puede hacerse plenamente. Amar al yo justamente, sin caer, claro, en narcisismos, ni propias defensas exacerbadas y aberrantes

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