El regreso a la vida – Por Candi

Eramos la tristísima trinidad: el desierto, yo y el otro. El otro, que no era más que esa parte de mi mismo que se transforma en esperanza, en ilusión en el mismo infierno del vacío. Dios no estaba, y los otros, esos del mundo, tampoco. A no ser, claro, esos “abi”, esos hermanos siempre pegados cuando lo sienten a uno al borde del abismo: mis amables animales.
“¿Dios? ¿Dios? Dios está en mí”, me decía. “Dios soy yo”, lancé al cielo desafiante. “Y el otro, el prójimo, es una entelequia, un holograma que se desvanece apenas lo necesito. El otro también soy yo. Yo, yo, yo, el único en el vacío, el único en esta soledad, en esta nada, en este desierto”.
La imagen del amor muerto pasó por mi mente atribulada; la imagen de lo que había sido mi vida (contra mi voluntad, porque no quería herirme definitivamente al recordarla) me atravesó todo el yo; todo, desde el cuerpo hasta el espíritu pasando por mi mente.
La tristísima trinidad se sacudió y elevó una oración al judío entre todos los judíos, al Gran Rabí entre todos los grandes maestros, al Hijo del Hombre entre todos los hijos de los hombres.
“¡¿Por qué?!”, le demandé. Y contra todo lo esperado (el silencio) una voz retumbó en mi corazón: “¡¿Y por qué no ese amor, esa que era tu vida, cobijada por mi amor?!”
Entonces comencé a respirar espiritualmente y regresé. Sí, regresé a la vida

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