“Rapiña”- Un cuento de Alicia Caballero Galindo

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Es increíblemente extraño y paradójico el silencio de la muerte; hace apenas unos segundos, circulábamos tranquilamente por la carretera, el sol estaba a punto de ocultarse y nosotros,  a unos diez minutos de  llegar a un pueblo de Michoacán; íbamos rumbo a Morelia  y estábamos ya a pocos kilómetros de la ciudad.250px-MoreliaAvMadero

 

Yo dormitaba en el asiento trasero  escuchando el murmullo de la plática que sostenían el conductor y  el copiloto,  compañeros de trabajo. Regresábamos después de un recorrido por los pueblos cercanos, donde vendíamos productos de limpieza. Yo me senté atrás para dormir un poco, me sentía con gripe y medio débil por tanto estornudo.

Todo ocurrió en un instante; escuché la voz alarmada de Américo, el conductor que sólo alcanzó a decir

-¡Cuidado! ¡¡Dios nos proteja!!…

Después de eso,  un golpe seco, el auto dio varias vueltas y después de eso … un intenso zumbido en mis oídos y ¡NADA! Silencio,  oscuridad, y una extraña tranquilidad que nunca había sentido en mi vida. Después de unos segundos, entre el polvo de la cuneta donde caímos, me di cuenta que estaba fuera del auto;  distinguí los cuerpos de mis compañeros asomados a las ventanillas en forma grotesca pero no se movían; estaban desmayados o… ¡NO! No lo quiero decir, no es posible. Muy cerca,  alcancé a ver entre el polvo una camioneta Pick up con el frente hecho trizas; estaba  de costado y al parecer había una persona adentro ¡no podía estar viva! El silencio de la muerte tiene una extraña paz que  ensordece los sentidos; es como el vórtice de un huracán que después de unos segundos, arrasa con todo sin piedad… fue extraño ver salir de entre los arbustos, sombras furtivas al parecer hombres y mujeres que se acercaban al accidente como fantasmas; permanecieron por unos momentos quietos viendo la escena, buscando alguna señal de vida; pero el silencio era impresionante; sólo era roto por el misterioso ulular de las lechuzas y los aleteos apagados de algunos murciélagos frugívoros que buscaban su alimento…después de unos minutos que me parecieron eternos, se acercaron con cautela a los vehículos volcados todos llevaban morrales terciados; tan sólo unos segundos de espera y… se lanzaron hacia los vehículos; me pude dar cuenta que eran muchos

Sólo escuché una voz enronquecida por el tabaco que decía

-Estos cristianos, ya no necesitan sus “chivas”  y nosotros, estamos vivos y tenemos hambre…

Fue impresionante ver cómo se lanzaron sobre los vehículos y empezaron la rapiña; con la luz de la luna brillaban cuchillos de vez en cuando. Desde la carretera no se veía la tragedia porque los arbustos altos tapaban los muebles accidentados y los que pasaban de vez en cuando por la carretera, seguían de frente sin detenerse… pensé subir hasta la carretera que estaba a escasos metros en busca de ayuda, era raro pero yo no sentía dolor alguno, a pesar del accidente, los automovilistas pasaban a mi lado sin que repararan en mis señales, caminaban como autómatas, como si yo no existiera; empecé a sentir un  poco de miedo; todo era tan extraño e irreal… Pensé en volver al auto para recoger una linterna y hacerme ver por los viajeros que pasaban sin verme. La verdad, no supe ni cómo la libré; tal vez porque iba en el asiento de atrás y con el cinturón de seguridad bien puesto;   la verdad, todo pasó tan rápido que no tuve oportunidad siquiera de darme cuenta primero del peligro y después del accidente…

De nuevo bajé a los autos en busca de una linterna y me causó escalofrío el espectáculo; despojaron de sus pertenencias a mis compañeros, la camioneta causante del problema, la voltearon al derecho y se estaban llevando todo lo que podían, cargaban sus morrales y se perdían entre las sombras y los matorrales… en esos momentos yo pensaba en la falta de piedad de los depredadores pero… también sentía que el hambre y la necesidad, deshumaniza a la gente…  Hasta dónde podemos criticarlos o aprobar sus actos; por una parte, era cierto que a los difuntos, no les hacían falta sus pertenencias terrenales y ellos podrían beneficiarse de ellas…

Las sombras de los rapiñeros, aparecían y desaparecían como fantasmas entre las sombras haciendo su “trabajo”; se me figuraban esas hormigas caseras que aparecen de la nada cuando encuentran una cucaracha u otro bicho muerto; no sabemos de dónde salen pero en pocos segundos  hacen desaparecer el cadáver del insecto  para llevárselo  a su hormiguero, tienen qué procurar el alimento de sus crías que perpetuarán la especie… De pronto recuerdo a mi esposa y mi única hija; un capullo regordete de apenas seis meses que me necesitan. Siento  la necesidad urgente de volver a su  lado y la angustia se apodera de mí.

En ese momento, escucho la voz que dirigía al grupo diciendo:

-¡Vengan pronto! En el asiento de atrás, hay otro cuerpo que no habíamos visto.

La sangre se agolpa en mi cabeza y la impresión es indescriptible; veo mi cuerpo tendido en el asiento de atrás, inconsciente; no se ven huellas de sangre ni nada que indique golpes. De nuevo la voz enronquecida por el tabaco dice:

-Seguro se desnucó éste; no se le ve nada mal.

Yo quería gritar y decirles que yo estaba bien, pero no podía explicar el desdoblamiento a menos que… ¡¡NO!! No estoy muerto, ¡necesito vivir! Mi hija es muy pequeña y me necesita.

Fue una sensación desesperante, inexplicable y extraña y dolorosa; mi voz no salía de la garganta…

En ese momento, dos hombres movieron mi cuerpo y yo sin poder más me desmayé. Todo se nubló, sentí que caía incorpóreo y ligero en espiral, dentro de  un pozo sin fondo. No sé si fueron segundos o minutos, pero de pronto sentí un gran dolor en mi cabeza y mi cuerpo pesaba como si fuera de concreto; alguien movió mi cabeza; jalé aire, abrí los ojos  y un grito a todo pulmón salió de mi garganta;

-¡¡¡ESTOY VIVOOO!!!

Como por arte de magia, los rapiñeros desaparecieron silenciosamente y yo escuché como en sueños la sirena de una ambulancia que se detenía; los pasos apagados por la hierba de varias personas y después, de nuevo caí en la inconsciencia.

No supe cuánto tiempo permanecí en ese estado; cuando desperté, mi esposa tenía mi mano entre las suyas y lo primero que vi fueron sus ojos llenos de lágrimas y su sonrisa de esperanza húmeda y feliz. Me besó en la mejilla suavemente y sólo dijo:

-Bienvenido, amor, tu hija y yo te necesitamos, te amamos. Gracias a Dios que te permitió despertar. Llevas inconsciente muchas horas; recibiste un fuerte golpe en la cabeza, pero el médico dijo que si despertabas, estarías fuera de peligro.

Hace ya casi un año de aquel extraño incidente; aprendí a valorar aún más la vida y las oportunidades que Dios nos ofrece; pero sigo sin entender aún qué fue lo que pasó.

 

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