El último refugio del caminante – Por Candi

 

Por Carlos Duclos (Candi)

Cuando los fuegos recónditos, misteriosos, ininteligibles, de la profundidad humana se alzan de tal forma azuzados por una locura extraña e indescriptible que toma, según los casos, formas diversas, curiosas y hasta extraordinarias; cuando el desierto abrasa al corazón del hombre sumiéndolo en un vacío que arranca lágrimas de  desolación, ¿qué o quién puede mitigar el dolor del caminante? Cuando al escenario de la vida cotidiana lo carcomen, sin ningún pudor, aberraciones que consumen al actor, esto es al ser humano común, en las mil y una injusticias que se sienten y padecen sobresaltadas, ¿qué puede mitigar el dolor del peregrino? Cuando los demonios que dirigen, que conducen, de uno y otro signo, danzan ufanos mientras los hijos, los padres y todos sucumben en una insaciable y devoradora arena movediza, en tanto hiere esa desesperación que proviene no del propio dolor, sino del dolor del ser amado ¿qué o quién puede mitigar tanta angustia?

Si algo he visto en este abigarrado manojo social de estos tiempos, es una sombra común a casi todos: el desamparo, la soledad en todas las clases sociales. Hasta hace un tiempo atrás, amigo mío, yo creía que la soledad amenazaba y atacaba a algunos seres. Que ese viento monstruoso e impiadoso soplaba reciamente no más que en ciertos corazones. Corazones que, paradójicamente, ante la aparición del fantasma, se elevaban en una acción creativa o se destruían irremisiblemente (pues dos son los caminos que tiene el hombre frente a sí en momentos definitivos y determinantes: el de la creación o el de la destrucción. Es decir, el camino de Dios o del demonio). Y es cierto que ciertos huracanes parecen estar reservados sólo a determinadas almas, (no sé exactamente por qué designio, pero puedo atreverme a una suposición) mas he descubierto que pequeños vientos impetuosos  hacen hoy lagrimear a multitudes. Estos son los tiempos de la soledad, a veces disimulada por vergüenza o por temor a ser sometido por los corazones duros a más abandono. Soledad gestada siempre, siempre, por la ausencia del amor.

Cuando el  calor abrasador del desierto que sofoca hasta hacer postrar al caminante, cuando todo lo demás se convierte en nada (incluso aquellos que prometían compartir hasta la misma muerte, pero que no son capaces siquiera de compartir circunstancias para la vida), cuando todo se convierte en “uno y la desolación”, queda un último camino: la esperanza, la oración, en el mismo torbellino de la locura desesperada. Ese es al fin el refugio, el único refugio.

 

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