Sobre la compasión – Por Carlos Duclos (Candi)

Estos son tiempos particulares para muchas personas sensibles. Y hay muchos seres sensibles, sí. Es muy cierto que numerosos corazones humanos se han enfriado o endurecido, pero estoy convencido de que muchos más laten acaso ansiosos, pero no despojados de sensibilidad y haciendo fluir la savia de la bondad, o procurando un esfuerzo por lograr que esa savia fluya abundantemente.

compasion

Esta columna de hoy está dirigida a esos corazones, a esas personas sensibles, que en ocasiones se encuentran en estado de calma y reposo y en otras están perturbadas por circunstancias o sucesos poco felices o desgraciados. Especialmente dedicada estas palabras, a los que estando en calma y queriendo servir al abatido, no encuentran la forma o consideran que lo que hacen es insuficiente y no los satisface. Estas ideas están basadas en mi experiencia de los últimos días y en las deducciones y conclusiones a las que he arribado luego de mantener (debo decirlo) charlas con un conocido y gran profesional como es el doctor Ernesto Ratghe. He descubierto (o tal vez re- descubierto, pues lo había acaso olvidado) que si creemos que el sentido de la vida está en el servicio y dentro de este servicio figura en lugar preponderante el solucionar los problemas de las criaturas que pueblan este planeta, caeremos en la cuenta de que ciertamente no podemos resolver todas las dificultades de los demás, y a veces, incluso, no podemos resolver ninguna. Y eso suele ser frustrante ¿Pero, debe serlo? La respuesta contundente, y que emerge genuina en mí, es que no, de ningún modo. No somos magos, no tenemos súper poderes, no somos dioses, y por tanto a veces no podemos resolver el problema del prójimo. Pero sí podemos otra cosa, valiosa, necesaria, importante: no dejar al otro solo, en la primera pena que sobreviene por determinada causa y, encima, con la pena plus que es efecto de la soledad. Hay una palabra importante que describe a un sentimiento poseedor de propiedades curativas. Esta palabra que define a ese sentimiento, a veces mal entendido, es “compasión”. Suele asociársela con “lástima”, pero en el sentido peyorativo de “lástima”; es decir para definir la circunstancia de una persona con cierto poder que ayuda a otra caída, pero haciendo cierta muestra de su situación preferencial, de privilegio o de poder. La lástima peyorativa menoscaba, hace ver al otro que no es auto suficiente para levantarse. La compasión es mucho más que eso, es una actitud del corazón silenciosa, una entrega, una disposición que se hace sin palabras grandilocuentes y con frecuencia en silencio. La etimología de la palabra compasión es compartir la pasión, estar juntos en el dolor. Juntos genuinamente, sinceramente, no por compromiso. Este sentimiento, lo digo, tiene propiedades curativas, atenúa el dolor del otro quien siente que la carga es “com-partida”. Como he dicho en otra ocasión, una cosa es estar sólo en el desierto y otra es estar en compañía o saberse acompañado. El tener verdadera compasión, es una acción formidable en sí misma con la cual puede iniciarse un camino más rápido de recuperación del afligido. Pero además de eso, el sentimiento de compasión nos eleva como personas, nos mejora, le da más sentido a la vida interior, esa en la que el ser sensible se pregunta ¿quién soy? ¿para qué soy? Y no entro a considerar otros aspectos que serían especulativos, como el discurrir sobre la acción y reacción. No pensemos, no podemos hacerlo, ni deseemos la retribución del orden universal o de Dios por dar compasión. No compadecemos por eso, por aquello que se recibirá, compadecemos porque amamos. En este posmodernismo loco, ser compasivo de verdad para algunos parece algo propio de bobos. Sin embargo, ser compasivo no es para cualquiera ¿Se entiende?

 

 

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