La guerra era cosa del pasado

Por Edith Michelotti

 

Cuando éramos niños, las guerras eran cosas del pasado. O quizá del presente, pero en países tan lejanos, que solo salpicaban nuestra imaginación como algo ajeno e inexistente.

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En el cine las veíamos como la gran aventura donde siempre triunfaban los buenos. Y el espectacular escenario con cientos o miles de extras, fascinaba. Era un juego, un entretenimiento. Eran películas de acción. El dramatismo no salía de la  pantalla. Fuera de ella, nuestro tránsito vital era en paz. Solo anécdotas de nuestros héroes argentinos que cruzaron los Andes y declararon independencia y derrocaron enemigos con un profundo grito de libertad. Grito que a nosotros nos permitía cantar el himno con fuerza en cada acto de la escuela.

Todo esto fue hasta el 2 de abril de 1982. Donde un déspota nos involucró en una guerra desigual. La Argentina se detuvo. La televisión dejó de hablar de reclamos de maestros, del campo o de la industria. Los programas cerraron sus sonrisas y el triste manto de la muerte de nuestros muchachos sacudió nuestros espíritus hasta el trágico final. Y aquellos niños que fuimos nos convertimos en personas con una nueva sensación: la de la muerte inútil de la guerra, esta vez nuestra y argentina.

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¿Y hoy? ¿Qué pasa hoy en nuestro país? ¿Qué oculto enemigo ha declarado esta guerra que nos involucra a todos y que  nos sorprende inactivos, temerosos y que se cobra tantas vidas cada día? Esta guerra que hasta nos obliga a emigrar a los pueblos, en la idílica búsqueda de un poco de paz, que allí tampoco encontramos. Sorprendidos, desorientados y dispersos, encendemos velas silenciosas que se apagan al día siguiente empapadas de impotentes lágrimas. Y, apenados al máximo, solo atinamos a pedir justicia y seguridad. Pero con eso, argentinos, no estamos logrando nada.

 

 

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