Escuela placenta: la importante tarea de retener a los alumnos

Por Mirta Guelman de Javkin

La violencia es un cáncer y sus metástasis son difíciles de frenar por la vorágine y fuerza con que invade el cuerpo social. La única posibilidad de combatirla es comenzar con las estructuras donde se gestan la ira, la bronca, la decepción y el sentimiento de no salida de los sujetos que la actúan.

Es urgente transformar la institución escolar, para que retenga, no expulse ni aborte a los educandos.

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Así como el hogar se diseñó a partir de la idea del fuego que convoca y cobija, la escuela debe cambiar su arquitectura y currícula, para acercarse al modelo de un organismo placenta. Los arquitectos transdisciplinados, con pensadores y filósofos, acuerdan que las formas redondas aumentan las intercomunicaciones y promueven solidaridades. Las aulas no pueden continuar con niños dándose las espaldas y los docentes gritando: ¡no se copien!, ¡no se ayuden! (¿no cooperen?). Por suerte, en algunas instituciones que “incorporaron” comedores escolares el modelo para el reparto de alimentos es percibido por los niños, como justo y equitativo. Si el sistema educativo abandonara lo comparativo, utilizara el aliento que entusiasma y el monitoreo de los propios crecimientos, no los cuadros de honor, se evitarían la exclusión, el castigo y el resentimiento que impulsa el comportamiento destructivo (auto o hetero). Me pregunto si no es tan absurdo poner notas, como pretender que los niños que comparten un aula, pesen y midan lo mismo… La placenta que propongo imitar es la primera estructura o medio ambiente interactivo para gestar y desarrollar la vida, además de auxiliar a las paredes uterinas o matriz, para contener o sostener lo que crece. No siempre las paredes (uterinas o escolares) contienen y protegen. A veces se convierten en murallas que encierran, ahogan y desinstalan la con-fraternidad humana. La escuela está perdiendo su capacidad de estimular la creatividad, escalón para acceder al dominio de la invención, incluso cuando un alumno piensa o hace algo diferente, opuesto al mandato escolar, lo llaman al orden. Difícilmente un niño o un adolescente elija la escuela, como contexto o lugar para el reconocimiento de realidades y sentimientos. Es una de las causas por las que prefieren los espacios virtuales en lugar de los reales. Urge encontrar la manera de rescatarlos del pantano del universo falso, hipervirtualizado, que coloniza la mayor parte de sus estados de vigilia (sus contenidos también invaden los sueños). Como dice Jean Baudrillard, hay que recuperar la palabra complicidad, que tiene mala fama. Los publicistas podrían ayudar a los padres y docentes, que intentan cambiar contenidos y valores transmitidos desde las pantallas, facilitando el ingreso a las retinas y cerebros de los niños. En 1937, Filene analizó el rol de las propagandas y su capacidad de invadir los sentimientos. A la hora de analizar y evaluar fracasos, es inútil desplazar las críticas a los educandos o víctimas, proyectando las múltiples problemáticas del “lugar” o contexto escolar. Tan confundidos estamos que ya no diferenciamos: domesticar o adiestrar para competir, del nutrir o “educar” sin comparar, premiar o castigar. Si el mundo adulto no construye puentes de entendimiento con los niños o adolescentes sufrientes ni asume “culpas” (sentimiento a recuperar como propone Manuel Cruz), como provocador de violencias, se acelerará la decadencia de toda la estructura social, que cada vez “rima” menos con lo placentario y placentero.

 

*Médica pediatra

Terapeuta familiar

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