La necesidad de una amistad

– “Mi querido Inocencio: Hay  personas que, lamentablemente, seguimos sin comprender algunas cosas o si las comprendemos no las valoramos debidamente. Francisco Ayala, un seguidor, admirador y crítico del gran  Thomas Mann dice en algún lugar, creo que en el prólogo de La muerte en Venecia, que el genial y profundo escritor “se vio afectado, penosamente afectado, en verdad afligido, por las perturbaciones de un mundo cuya hostilidad a los valores que él apreciaba y por los que él vivía iba creciendo de continuo”. Esta sensibilidad de Mann, salvando las distancias desde luego, puede apreciarse en muchas personas que ven con preocupación y angustia como un mundo en el que la justicia la paz y el amor podrían reinar se desmorona, se desgrana trágicamente en algunos aspectos sumiendo a la masa social y a la persona en tristezas y pérdidas que en ocasiones frecuentes son irreparables. Lo que quiero decirle es que hay personas que, aun cuando su statu quo material y espiritual, aun cuando su circunstancia personal es satisfactoria, no pueden ser felices por la infelicidad de los demás. Espíritus altamente compasivos, fuertemente comprometidos que se desesperan a veces cuando observan la realidad o cierta realidad (para mejor decir).

-Esto es verdad. ¿Adónde querrá llegar? Seguiré leyendo.

-“Estamos los otros, aquellos que, como decía anteriormente, seguimos sin comprender algunas cuestiones o si las comprendemos no tenemos la suficiente fuerza para dar el salto y dejar de desesperarnos por problemas, tristezas, vacíos, soledades, deseos de vanas y efímeras conquistas mundanas. Nos seguimos preocupando por cuestiones nimias si se las compara con las grandes dificultades que afrontan otros seres.

-Sí, es así. Ocurre a menudo.

-“¿No deberíamos decir, amigo mío, que somos injustos y desagradecidos en cierta forma?  Mire, aquí en medio de esta naturaleza, en medios de estas sierras me he enterado de algo simple, pero conmovedor a la vez. Preste atención: Una señora, de vasta cultura y bondad superlativa, debió ser internada en un sanatorio psiquiátrico. Internada primero, dejada allí luego y abandonada finalmente. Sola de toda soledad, pasa sus días en el oscuro subsuelo del mundo de los “¿locos?”. Pero ella es lúcida, pensante y de aguda inteligencia. En un trabajo que los directores del sanatorio les hicieron hacer a los internos se incluyó una pregunta, se les pidió que explicitaran su deseo para el año que se empezaba a transitar, que expresaran que cosa podría hacerlos felices. La mujer de esta historia respondió: “Quiero una amiga, necesito una amiga que me visite y con la cual, eventualmente, podamos salir y charlar”. Note usted Inocencio con cuan poco un ser humano puede completarse como tal ¿Con cuan poco he dicho? No es poco, no señor, estamos hablando nada menos que de amor. Absorbidos y desesperados, sumidos en afanes que jamás serán saciados, seguimos nosotros, Inocencio, sin darnos cuenta que al fin y al cabo somos pobres de toda pobreza, pero llenos de deseos.

 

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