ADAM SMITH Y LA DIVISIÓN DEL TRABAJO

Por Hernán Kruse

En 1776 Adam Smith publicó “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” (Fondo de Cultura Económica, México, octava reimpresión, 1994, edición de Edwin Cannan con una introducción de Max Lerner, nueva traducción y estudio preliminar de Gabriel Franco) donde condensa sus conocimientos sobre el capitalismo.

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El primer tema que analiza Smith es el principio de la división del trabajo: “El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo” (p. 7). Se vale de un fácil ejemplo, la fabricación de alfileres, para demostrar la relevancia de este principio en las sociedades capitalistas. Si se le encomienda la fabricación de alfileres a un obrero poco preparado para esa función, por más que se esmere, a lo sumo podrá hacer un alfiler por día y sólo estaría en condiciones de confeccionar no más de veinte. Hoy en día (la época de Smith, obviamente), la fabricación de alfileres constituye una profesión dividida en diversos ramos, la mayor parte de los cuales constituyen, a su vez, otros tantos oficios disímiles. El trabajo de hacer un alfiler se subdivide en varias operaciones distintas, las cuales son desempeñadas en algunas fábricas por obreros diferentes, aunque en otros establecimientos un mismo operario desempeña simultáneamente dos o tres operaciones. El propio Smith tuvo la oportunidad de observar en una pequeña fábrica de alfileres el trabajo de diez obreros, algunos de ellos encargados de ejecutar dos o tres funciones. Pese a no contar con maquinaria adecuada, cuando todos se esforzaban estaban en condiciones de fabricar por día unas 12 libras de alfileres, poseyendo cada una más de 4000 alfileres de tamaño mediano. Ello significa que por día los 10 operarios podían, si se lo proponían, fabricar más de 48000 alfileres, lo que daba un promedio de 4800 alfileres por operario. De haber trabajado por separado y sin la preparación correspondiente, probablemente no hubieran sido capaces de producir diariamente ni siquiera un alfiler. Ello significa que la producción de 48000 alfileres diarios se debe a la división y combinación de las diversas operaciones en forma ordenada y eficiente.

 

Según Smith, el aumento de la producción de productos que una misma cantidad de personas está en condiciones de garantizar a raíz de la división del trabajo, se debe a tres circunstancias: a) la mayor destreza de cada operario por separado; b) el ahorro de tiempo que frecuentemente se pierde cuando se pasa de una operación a otra; c) la invención de una gran cantidad de máquinas que, al capacitar a un hombre para hacer la tarea de muchos, facilitan y abrevian el trabajo.

 

Dice Smith: “En primer lugar, el progreso en la destreza del obrero incrementa la cantidad de trabajo que puede efectuar, y la división del trabajo, al reducir la tarea del hombre a una operación sencilla, y hacer de ésta la única ocupación de su vida, aumenta considerablemente la pericia del operario” (p. 11). Un herrero puede ser muy eficiente en el manejo del martillo pero si se lo obliga a fabricar clavos, apenas podrá fabricar diariamente no más de 300 clavos de una calidad mediocre. Hacer clavos, enfatiza Smith, es una tarea bastante difícil. Un solo operario debe hacerse cargo de una serie de operaciones, como tirar del fuelle, moderar el soplo, caldear el hierro y forjar las diferentes partes del clavo, teniendo que modificar el instrumento para formar la cabeza. Hacer un alfiler se subdivide en una serie de operaciones muy sencillas y, por ende, es mucho mayor la destreza del operario que no ha hecho otra cosa en su vida. “En segundo término”, expresa Smith, “la ventaja obtenida al ahorrar el tiempo que por lo regular se pierde, al pasar de una operación a otra, es mucho mayor de lo que a primera vista pudiera imaginarse. Es imposible pasar con mucha rapidez de una labor a otra, cuando la segunda se hace en sitio distinto y con instrumentos completamente diferentes” (p. 12). Finalmente, “todos comprenderán cuánto se facilita y abrevia el trabajo si se emplea maquinaria apropiada” (p. 12). La invención de las máquinas, gracias a las cuales se facilitan y abrevian los trabajos, tiene su origen en el propio principio de la división del trabajo.  El hombre está en mejores condiciones para descubrir los métodos más idóneos y eficaces, para alcanzar la meta propuesta, cuando centra toda su atención en un único objeto y no cuando se distrae frente a una gran variedad de objetos. La división del trabajo le permite poner toda su atención en un solo objeto. Varias de las maquinarias empleadas en aquellas manufacturas fueron inventadas en un comienzo por artesanos comunes, pues hallándose cada uno de ellos ocupados en una única y simple función, su mente se concentraba en la búsqueda de métodos rápidos y eficaces para ejecutarla. Ahora bien, ello no significa que los adelantos en las máquinas hubieran sido inventados por quienes las usaron. Muchos de estos progresos se deben, por un lado, al ingenio de los fabricantes y, por el otro, a los hombres especulativos o filósofos que se dedican a observar la realidad; por esta razón, son capaces de coordinar o combinar las propiedades de las cosas más dispares. Al progresar la sociedad, la filosofía, el conocimiento especulativo, pasa a ser propiedad de algunos ciudadanos, pasa a ser una profesión. Como cualquier otra profesión, la filosofía se subdivide en varios ramos diferentes, cada uno de los cuales ofrece trabajo a cada categoría de filósofos. Tal subdivisión, enfatiza Smith, “imparte destreza y ahorra mucho tiempo. Cada uno de los individuos se hace más experto en su ramo, se produce más en total y la cantidad de ciencia se acrecienta considerablemente” (p. 14).

 

 La división del trabajo es la causa fundamental de la opulencia general de una sociedad bien organizada. Dice Smith: “La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Todo obrero dispone de una cantidad mayor de su propia obra, en exceso de sus necesidades, y como cualesquiera otro artesano, se halla en la misma situación, se encuentra en condiciones de cambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad de los creados por otros; o lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de los suyos. El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad” (…) “Realmente, comparada su situación con el lujo extravagante del grande, no puede por menos de aparecérsenos simple y frugal; pero con todo eso, no es menos cierto que las comodidades de un príncipe europeo no exceden tanto las de un campesino económico y trabajador, como las de éste superan las de muchos reyes de África, dueños absolutos de la vida y libertad de diez mil salvajes desnudos” (ps. 14/15).

 

Hernán Andrés Kruse

hkruse@fibertel.com.ar

 

 

 

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