Charlas de Candi: En el crepúsculo – 28 de junio de 2013

atardecer

 -Es el crepúsculo del día jueves. La tarde se está cayendo por sobre un horizonte que imagino. En medio de esta estructura de cemento, escucho sonidos que escapan a sus refugios, son seres humanos de la ciudad que se repliegan hacia el hogar, hacia la compañía de los amados. En muchos casos,  hacia el reino de la soledad.  Como siempre a esta hora, los pájaros han callado y mi mente se remonta a alguna parte del tiempo y del espacio. Una fuerza misteriosa me transporta a la antiquísima tierra sagrada y veo a Caín y a Abel. Soy testigo de la primer gran tragedia de la humanidad. Allí está él, Caín,  un labrador, y su hermano, Abel,  un pastor. Deciden  hacer una ofrenda a Dios: Caín lleva el fruto de la tierra, en tanto Abel elige un cordero primogénito muy bien alimentado. La ofrenda de Caín no agrada a Dios. Me pregunto por qué. Analizo más sus actitudes previas a la entrega, y noto que Caín tiene el propósito del retorno divino, de la recompensa y, por otra parte, da de lo que le sobra reservándose lo mejor para él. La mezquindad ofende a Dios. No sé de donde proviene una suerte de voz que retumba en la mente de los dos hermanos y de mí, que soy testigo del suceso. Es la voz  inaudible de Dios, no tengo dudas, que dice:  “si haces lo bueno, ¿no serás enaltecido? Pero si no haces lo bueno, el pecado está a la puerta y te seducirá”  Caín no hizo lo bueno y el Ser Supremo está dolido, se nota. Todo lo contrario sucede con Abel, quien da lo mejor que tiene y aquello que no le sobra, por eso la divinidad se alegra, se complace con él y en él. Miro a los hermanos, y advierto en la mirada de Caín celos y odio. Detrás de sus ojos hay un plan tremendo. Invita a Abel a ir al campo, y allí, sin más, lo mata. Quedo petrificado y confundido: ¡Ha matado a su hermano! Abel, el justo, el que ama desinteresadamente, cae, muere asesinado. ¿Cómo es posible que Dios lo permita? Estoy tentado a salir de mi escondite y gritarle a Dios: ¿¡cómo lo has permitido!? Pero no puedo moverme, no puedo gritar. Entonces lo escucho a El, a Dios, que le dice lleno de tristeza al fratricida: “¡¿Qué has hecho?!” Ahora mi espíritu retorna al crepúsculo del jueves y reflexiono: He visto  la primera irresponsabilidad del ser humano, el primer mal uso del libre albedrío, de esa libertad para actuar que Dios  acaba de dar a su criatura. He  notado también que Dios no permaneció indiferente ante la muerte del ser al que ama, sino que le dijo al fratricida: “La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”.  La noche cubre el cielo y las formas de esta ciudad en la que vivo y siento esa misma voz antigua y eterna que nos pregunta con dolor: “¿Qué han hecho?”  Comprendo al punto que hay en muchos de  nosotros un Caín. Hemos matado sueños, ilusiones, alegrías, o hemos permanecido indiferentes  ante el dolor de otros hermanos (homicidio pasivo). ¿Y quién es capaz de decir, como aquel primer descarriado: “mi culpa es demasiado grande para soportarla”?

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Sobrevivir para contarlo

-Hace unos días aludí a un libro que me han regalado: “Sobrevivir para contarlo”, de la ruandesa Immaculée Ilibagiza. Recomiendo su lectura. Es la historia autobiográfica de esta joven que sobrevivió al genocidio ocurrido en ese país africano en la década del 90 y en el que perdió a toda su familia de una manera horrorosa. Es un extraordinario testimonio de vida del que se pueden extraer muchas enseñanzas. Voy a reproducir un pasaje, de casi el final del libro, que está estrechamente vinculado con el poder de la mente y la oración. Antes resumo: Immaculée, muy católica y brillante estudiante universitaria, ha estado por tres meses, junto con otras cinco chicas, encerrada y escondida en un baño de no más de un metro y medio cuadrado, en la casa de un pastor protestante que les presta auxilio. Afuera, cientos de miles de personas, niños,  mujeres,  hombres, ancianos, de la tribu tutsi son muertos a machetazos.

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 -Por fin Ruanda es liberada y el genocidio termina. El país está devastado y ella se ha propuesto, no obstante haber perdido a toda su familia, comenzar una vida nueva. Necesita un trabajo ¿pero cómo conseguirlo en un lugar arrasado? Se propone ingresar como empleada de la ONU. Envía peticiones, llena formularios y logra un entrevista. Alguien le dice: “-Cariño, tendrás que esperar mucho tiempo, no hay empleos”. Cuenta Immaculée: “Me regresé a casa desilusionada, pero no desanimada. Era mi destino trabajar en la ONU, lo había visualizado y estaba determinada. Si Dios quería que yo trabajara ahí, nada podría impedirme que lograra mi meta”. Camina, entra en una casa en ruinas, se pone a orar y luego cuenta: “Me sacudí el polvo y salí de la casa en ruinas, llena de una confianza renovada (…) Comencé a visualizar que ya estaba trabajando en la ONU, tomando notas, contestando el teléfono y ayudando a tomar decisiones importantes”. No hace falta decir que al poco tiempo la joven ingresó como empleada en el organismo internacional.

-Este trabajo mental de visualización (imaginarse estar en el lugar que se desea), fue empleado por Frankl en los campos de exterminio (se imaginaba vivo y dando conferencias). Son muchísimas las personas que han utilizado y utilizan este método. Junto con la fe y la oración es efectivo. Humildemente, doy testimonio de su efectividad. Vuelvo a recomendar este libro.  

 

 

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La vida después de la muerte – 29/05/2013

-Hace unos días, mi esposa recibió un llamado telefónico. Era el reconocido neurocirujano de nuestra ciudad Miguel Garrote quien nos recomendaba ver una entrevista al profesor de Harvard y neurocirujano como él, doctor Eben Alexander, quien durante su coma de siete días había tenido una experiencia extraordinaria sobre la vida luego de la muerte. Pues he visto una de las entrevistas hechas a este científico y he subido el video a Facebook, creo que es importante escuchar la palabra de un científico alejado de Dios, del mundo espiritual, que retornó con una visión totalmente distinta. Lo reitero, estamos hablando de un profesor de Harvard.

-Este tema genera mucha controversia: están los que sostienen que todo se termina en este plano existencial y están los otros, entre los que me encuentro, que piensan que de no existir algo más allá la vida tendría un sentido muy limitado, porque todo en el universo está llamado a trascender, evolucionar y ello puede implicar un cambio de estado, pero no la extinción.

-Eben Alexander al despertar manifestó que viajó a otra dimensión del universo y que, según sus propias palabras, “nunca hubiera podido soñar que existiese”. Claro, sus palabras generan un debate, ya que hay muchos profesionales que piensan que una experiencia personal no puede ser tomada como prueba científica, pero un experto en el tema, el psiquiatra Raymond Moody,  manifiesta que “el doctor Eben Alexander es la prueba viviente de que existe vida después de la muerte. Es el caso más asombroso sobre experiencias cercanas a la muerte que he escuchado desde hace más de cuatro décadas estudiando estos fenómenos”.

-Alexander escribió un libro volcando toda su vivencia que se llama “La prueba del cielo” y que batió record de ventas. Dice en una parte: “Recuerdo escuchar una melodía preciosa y unas luces acercándose a mí cada vez más y más”. Agrega que es consciente de que es un tema muy difícil de explicar y de creer, pero piensa que algún día habrá una explicación científica para todo eso y sostiene que lo que él sabe es que “el alma es eterna y que el espíritu vive para siempre”.

 

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