Hayek y la gran utopía

En “Camino de Servidumbre”, Hayek se propone destruir la credibilidad del socialismo. No tolera que en la época en que escribió su “Biblia”, el socialismo haya desplazado al liberalismo en las preferencias de los pueblos. “Que el socialismo haya desplazado al liberalismo”, se queja amargamente, “como doctrina sostenida por la gran mayoría de los progresistas, no significa simplemente que las gentes hayan olvidado las advertencias de los grandes pensadores liberales del pasado acerca de las consecuencias del colectivismo. Ha sucedido por su convencimiento de ser cierto lo contrario a lo que aquellos hombres predecían” (1). Es de no creer que una ideología que comenzó por ser una reacción contraria al liberalismo proclamado por la Revolución Francesa, haya logrado conquistar la mente y el corazón de tantas personas. Pocos recuerdan que en sus inicios el socialismo fue francamente autoritario, remarca Hayek. Los intelectuales franceses eran conscientes de que sus ideas sólo podían materializarse en el marco de un régimen dictatorial. Tenían en mente un plan para reorganizar la sociedad sobre bases jerárquicas e imponer un “poder espiritual” coercitivo. Creían que la libertad de pensamiento era un virus sumamente nocivo al que había que erradicar definitivamente. Hayek cita a Alexis de Tocqueville, quien vio como pocos la incompatibilidad entre la democracia y el socialismo. Decía el afamado escritor en 1848: “La democracia extiende la esfera de la libertad individual; el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo valor posible al individuo; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un simple número. La democracia y el socialismo sólo tienen en común una palabra: igualdad. Pero adviértase la diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad en la libertad, el socialismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre” (2). Para Tocqueville, la libertad sólo es posible en democracia. Cuando está vigente el socialismo, los derechos y garantías individuales son pisoteados por el jerarca colectivista.Para congraciarse con el anhelo de libertad de las personas, el socialismo fletó la idea de la “nueva libertad”. Gracias al socialismo, tendría vigencia aquella libertad sin la cual la libertad política es una quimera: la libertad económica. El socialismo vino al mundo a liberar a los hombres de las cadenas de la indigencia. Gracias al socialismo, el hombre estará en condiciones de consumar la antigua lucha por la libertad, en la cual la conquista de la libertad política era apenas un eslabón. Con el socialismo, la libertad tuvo otro significado, alerta Hayek. Para el liberalismo, la libertad era sinónimo de “libertad frente a la coerción”, libertad frente a la arbitrariedad gubernamental, libertad frente a la voluntad omnímoda de otros hombres, libertad para desplegar plenamente las potencialidades humanas; liberalismo era sinónimo de autonomía y espíritu de iniciativa. ¿Qué significa, en cambio, la nueva libertad socialista? “La nueva libertad prometida era, en cambio, libertad frente a la indigencia, supresión del apremio de las circunstancias, que, inevitablemente, nos limitan a todos el campo de elección, aunque a algunos mucho más que a otros. Antes de que el hombre pudiera ser verdaderamente libre había que destruir el despotismo de la indigencia física, había que abolir las trabas del sistema económico” (3). Para ser libre primero había que tener el estómago lleno, en suma. Hayek critica con severidad la concepción socialista de la libertad. Según su opinión, la libertad socialista sólo implica la intención de hacer desaparecer la brecha entre ricos y pobres. Los primeros tienen muchas más chances de elegir, de optar, que los segundos. Para el socialismo “libertad” es sinónimo de “justa distribución de la riqueza”. Los socialistas emplearon el término “libertad” con habilidad y astucia, y muchos terminaron por creer que el socialismo traería finalmente la genuina libertad. Lamentablemente, la promesa socialista del camino de la libertad fue de hecho el camino de la esclavitud, sentencia Hayek. La promesa socialista de una mayor libertad hipnotizó a no pocos liberales, quienes se sintieron atraídos por el canto de sirena del socialismo. El socialismo terminó por ser abrazado por la mayoría de los intelectuales como el “heredero presunto de la tradición liberal”. A partir de entonces, resultaba inconcebible considerar al socialismo antitético de la libertad del hombre.

Sin embargo, en los últimos años, expresa un esperanzado Hayek, algunos pensadores se atrevieron a desenmascarar al socialismo. Tal el caso de Max Eastman, antiguo amigo de Lenin, quien admitió en su libro “Stalin´s Russia and the Crisis of Socialism”, que “en vez de ser mejor, el estalinismo es peor que el fascismo, más cruel, bárbaro, injusto, inmoral y antidemocrático, incapaz de redención por una esperanza o un escrúpulo”, y que es “mejor describirlo como superfascista”; y cuando vemos que el mismo autor reconoce que el “estalinismo es socialismo, en el sentido de ser el acompañamiento político inevitable, aunque imprevisto, de la nacionalización y la colectivización que ha adoptado como parte de su plan para erigir una sociedad sin clases”, su conclusión alcanza claramente un mayor significado” (4). Hayek cita otros autores para robustecer su convencimiento de que el socialismo es sinónimo de colectivización y autoritarismo. Walter Lippmann, por ejemplo, sostiene que “la generación a que pertenecemos está aprendiendo por experiencia lo que sucede cuando los hombres retroceden de la libertad a una organización coercitiva de sus asuntos. Aunque se prometan a sí mismos una vida más abundante, en la práctica tienen que renunciar a ello; a medida que aumenta la dirección organizada, la variedad de los fines tiene que dar paso a la uniformidad. Es la némesis de la sociedad planificada y del principio autoritario en los negocios humanos” (“Atlantic Monthly”) (5). Mientras que Peter Drucker considera que “el completo colapso de la creencia en que son asequibles la libertad y la igualdad a través del marxismo, ha forzado a Rusia a recorrer el mismo camino hacia una sociedad no económica, puramente negativa, totalitaria, de esclavitud y desigualdad, que Alemania ha seguido. No es que comunismo y fascismo sean lo mismo en esencia. El fascismo es el estadio que se alcanza después que el comunismo ha demostrado ser una ilusión, y ha demostrado no ser más que una ilusión, tanto en la Rusia estalinista como en la Alemania anterior a Hitler” (“The End of Economic Man”) (6).

Hayek culmina este capítulo procurando convencer al lector de que el nazismo y el fascismo tienen raíces socialistas. Para corroborar su afirmación, destaca la trayectoria de un buen número de dirigentes que comenzaron como socialistas y acabaron como nazis o fascistas. El caso de Mussolini es el más emblemático. En Alemania, era muy sencillo que un joven comunista decidiera un buen día abrazar la causa nazi, o viceversa. Pese a sus diferencias, los comunistas y los nazis o fascistas tienen un enemigo en común: los liberales. “Para ambos”, exclama Hayek, “el enemigo real, el hombre con quien nada tenían en común y a quien no había esperanza de convencer, era el liberal del viejo tipo. Mientras para el nazi el comunista, y para el comunista el nazi, y para ambos el socialista, eran reclutas en potencia, hechos de la buena madera aunque obedeciesen a falsos profetas, ambos sabían que no cabría compromiso entre ellos y quienes realmente creen en la libertad individual” (7).

(1) FRIEDRICH A. HAYEK: “Camino de servidumbre”, Alianza Editorial, Madrid, traducción de José Vergara, 2000, pág. 53.
(2) Ibídem, pág. 54.
(3) Ibídem, pág. 55.
(4) Ibídem, pág. 57.
(5) Ibídem, pág. 58.
(6) Ibídem, pág. 58.
(7) Ibídem, pág. 59.

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2 respuestas a Hayek y la gran utopía

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